A veces basta una canción para hacer historia. No necesita pirotecnia ni coreografía, solo autenticidad. En 1991, Sergio Dalma llevó “Bailar pegados” al escenario de Eurovisión, y aunque no consiguió el trofeo, dejó algo más duradero: una emoción que sigue intacta décadas después. Esta es la historia de aquella noche, y de todo lo que vino después.
El 4 de mayo de 1991, el Coliseo de Cinecittà en Roma acogía una de las ediciones más recordadas del Festival de Eurovisión. España, en busca de recuperar el brillo perdido en el certamen, apostaba por un joven sabadellense de voz grave y cálida: Sergio Dalma. Su propuesta, una balada clásica titulada “Bailar pegados”, se alejaba de los artificios escénicos y del europop reinante.
“Bailar pegados”, compuesta por Luis Gómez Escolar y Julio Seijas, era una declaración de romanticismo a la vieja usanza. En una época de sintetizadores y ritmos artificiales, su letra hablaba de amor sincero, del contacto íntimo, del cuerpo a cuerpo emocional. En el escenario, Dalma se plantó solo, vestido de negro, acompañado únicamente por un cuarteto musical compuesto por Fernando Villar al piano, Pepe Pereira al bajo eléctrico, Juan Cerro a la guitarra eléctrica y Santiago Fernández en la batería, además de la orquesta.
Roma fue el escenario de una de las ediciones más peculiares y caóticas del Festival de Eurovisión. Aunque el evento estaba inicialmente previsto en San Remo, la inestabilidad política en Yugoslavia y el Golfo Pérsico obligó a trasladar la gala a un estudio del mítico Cinecittà romano.
La organización estuvo marcada por numerosos contratiempos: la orquesta llegaba tarde a los ensayos, el escenario se terminó el mismo día de la final, el guion solo estaba disponible en italiano y los presentadores, Toto Cutugno —ganador en 1990— y Gigliola Cinquetti —ganadora en 1964—, no dominaban ni el inglés ni el francés. Durante la gala, los participantes lidiaban con la mala pronunciación de sus nombres y la incertidumbre causada por la orquesta, mientras el desconcertante arranque recordaba a escenas de ruinas romanas y Ben-Hur.
La votación fue un momento especialmente memorable, no solo por el empate final, sino también porque supuso la despedida de Eric Noël Naef, conocido cariñosamente como “Mister Naef”. Durante décadas, Naef fue el responsable de presentar y gestionar los votos en Eurovisión, y su profesionalismo y carisma le hicieron una figura querida entre los fans. Su última actuación en 1991 añadió un toque emotivo a una final llena de tensión y sorpresas. A pesar de todos los inconvenientes, esta edición dejó canciones y momentos que todavía perduran en la memoria de los eurofans.
Días antes del festival, Sergio Dalma llegó a la capital italiana con fiebre y afonía provocadas por un fuerte resfriado. Apenas pudo cantar en los primeros ensayos. Años después, recordaría el miedo de «no llegar en condiciones».
En la noche de la final, Toto Cutugno se acercó a él y, en tono afectuoso, le dijo: “Sei un piccolo Totino”. Como parte de las postales de presentación, todos los artistas participantes interpretaron versiones de canciones italianas emblemáticas; Dalma eligió “Sono tremendo” de Rocky Roberts como guiño al país anfitrión, afianzando así su complicidad con el público local.
La candidatura española de 1991 nació de una propuesta inesperada. RTVE optó por una selección interna, aunque la iniciativa surgió de manera espontánea: fue la discográfica de Sergio Dalma quien propuso la canción mientras él se encontraba grabando en el estudio, sin que en ningún momento se hubiera planteado que aquel tema pudiera acabar representando a España en Eurovisión. Aun así, la propuesta cobró fuerza y convicción hasta convertirse en una apuesta firme.
Debido a su duración original, más de cuatro minutos y medio, “Bailar pegados” tuvo que ser adaptada a los tres minutos reglamentarios exigidos por el Festival de Eurovisión. Para ello, se suprimieron una estrofa y un estribillo completos, lo que convirtió la versión interpretada en Roma en lo que podría considerarse prácticamente la primera mitad de la canción original. Aun así, con sus escasos 2 minutos y 33 segundos —como puede comprobarse en la emisión oficial—, la pieza logró mantener intacta su esencia romántica y emocional, concentrando toda su intensidad en un formato más breve, pero igual de poderoso.
Tras la actuación, España logró un cuarto puesto con 119 puntos, recibiendo votos de todos los países salvo Dinamarca e Italia. Significó la mejor clasificación española desde 1979. La interpretación fue sobria, intensa, cargada de emoción, y muchos la calificaron como la más sentida de la noche. Aunque no se alzó con la victoria, Sergio Dalma dejó una huella importante y fue considerado por muchos como “el ganador moral” de aquella edición.
Finalmente, la edición de Eurovisión 1991 terminó con un empate histórico entre Suecia y Francia, ambas con 146 puntos, un hecho inédito desde 1969. Para desempatar, se aplicó el criterio vigente que consideraba el número de máximas puntuaciones (12 puntos) y, en caso de igualdad, el número de segundos máximos (10 puntos). Tanto Suecia, representada por Carola con la canción “Fångad av en stormvind”, como Francia, con Amina y su tema “C’est le dernier qui a parlé qui a raison”, recibieron cuatro veces el máximo de 12 puntos, pero Suecia acumuló cinco veces 10 puntos frente a solo dos de Francia, por lo que fue declarada ganadora.
Una canción que no envejece
Tras el festival, “Bailar pegados” fue editada en varios idiomas: en francés como “Danser contre toi”, en italiano como “Ballare stretti” y, por supuesto, su versión original y extendida en español. El single se posicionó en el top 10 de varios países europeos y alcanzó el número 6 en la lista Billboard Hot Latin Tracks en Estados Unidos.
En España, la canción se convirtió en un himno. No solo sonaba en radiofórmulas, sino también en todos los enventos públicos y privados. Fue versionada por artistas como David Civera en el concurso Telepasión de Televisión Española en 2008 y utilizada en bandas sonoras como la de la película El club de los suicidas de Roberto Santiago en 2007. Posteriormente Ruth Lorenzo la versionó en una de las galas del Benidorm Fest 2022. Curiosamente, muchos oyentes la asocian con el romanticismo clásico, pero desconocen su origen eurovisivo.
El propio Dalma confesó en 2008: “Durante años me costó convivir con el éxito de ‘Bailar pegados’. Pensaba: ¿Y si no supero esto nunca?”. Pero la canción nunca le abandonó, ni él a ella. En 2014 la recuperó en su concierto #YoEstuveAllí, y el público la ovacionó como si fuera la primera vez. Años después, en 2019, la incluyó en su disco 30… y tanto, con nuevos arreglos que respetaban su esencia pero la envolvían en un sonido más contemporáneo y maduro. Una muestra de que, aunque a veces pese, hay canciones que están destinadas a acompañarte toda la vida.
Aunque en los últimos años ha intentado distanciarse del fenómeno eurovisivo y dejar atrás el gran éxito de su canción de 1991 —tanto que rara vez concede entrevistas centradas en su paso por Eurovisión—, en 2024 sorprendió al público al actuar en una de las galas del Benidorm Fest. Allí interpretó el tema “Sonríe porque estás en la foto” y, para sorpresa de todos, coreó a cappella con el público el estribillo de su gran éxito eurovisivo.
Sergio Dalma más allá de Eurovisión
A Sergio Dalma lo descubrió el gran público con una canción de amor que se bailaba sin moverse. Y, sin embargo, su carrera ha sido un viaje incesante, lleno de mutaciones, giros y regresos a casa.
Mucho antes de pisar el escenario de Eurovisión en Roma, Josep Sergi Capdevila i Querol ya había empezado a forjar su destino a golpe de orquesta, jingle publicitario y noches de sala en sala por la Barcelona de los ochenta. Su nombre artístico, Dalma, es un guiño al pueblo de su padre, Maldà, en Lleida.
Desde pequeño lo tuvo claro: en su casa siempre sonaba la radio, y las canciones italianas marcaban el ritmo de los días. Fue ese primer tocadiscos —regalo fundacional— el que lo empujó a amar la música.
Estudió solfeo, probó con el canto clásico, e incluso llegó a matricularse en Filología Románica. Pero su voz, áspera y melódica a partes iguales, estaba destinada a otros escenarios. Ganó un programa de talentos en TVE Cataluña y empezó a cantar en la sala Shadow, donde lo fichó la discográfica Horus. En 1989 publicó Esa chica es mía, un álbum debut que fue disco de platino en España y lo posicionó como un nuevo nombre a seguir. No tardaría en cruzar el Atlántico.
Cuando llegó Bailar Pegados, en 1991, España no sabía que estaba ante una de esas canciones que acaban volviéndose inmortales. Ese mismo año, Sintiéndonos la piel vendió más de 700.000 copias. Europa lo conoció en tres minutos. América Latina lo abrazó con entusiasmo. Allí encontró un segundo hogar.
Durante los años noventa, sorteó con inteligencia la maldición del “one hit wonder”. Con discos como Sólo para ti, Adivina, Cuerpo a cuerpo o Historias normales, fue construyendo un repertorio sólido, afianzando su estatus de baladista contemporáneo, pero también experimentando con nuevas sonoridades. En Nueva vida (2000) colaboró con el italiano Alex Britti, y en De otro color (2003) se atrevió por primera vez a cantar en catalán, gesto que fue celebrado por crítica y público. La apertura, el riesgo, la honestidad: Dalma nunca se conformó con repetir fórmula.
A mediados de los 2000, recopilatorios como Lo mejor de Sergio Dalma (2004) y trabajos como Todo lo que quieres (2005) o A buena hora (2008) mostraban a un artista ya maduro, cómodo en su registro, pero con hambre creativa. Se permitía guiños al soul, al funk o a la chanson française, versionando temas como Mi historia entre tus dedos o La quiero a morir. Y seguía llenando recintos.
Pero el gran renacimiento llegó con la trilogía Vía Dalma. En 2010, cuando muchos artistas de su generación optaban por mirar hacia atrás, él apostó por volver al origen: a la música italiana que lo había criado. Adaptó al castellano himnos como Tú, El jardín prohibido o De amor ya no se muere. El resultado fue un éxito sin precedentes: triple disco de platino, más de 250.000 copias, diez semanas consecutivas en el número uno. Fue el disco más vendido de 2010 en España. Y el amor del público lo llevó a continuar la saga con Vía Dalma II (2011) y Vía Dalma III (2017). Más que un homenaje, fue una comunión con sus raíces.
En paralelo, no dejó de crear material nuevo. Cadore 33 (2013), grabado en Milán, reafirmó su vínculo con Italia y su gusto por la producción cuidada. Dalma (2015) y el recopilatorio 30… y tanto (2019) sirvieron para mirar hacia su legado desde una óptica más contemporánea. Incluso se permitió revisitar sus clásicos con nuevos arreglos, demostrando que una buena canción siempre tiene varias vidas posibles.
En los últimos años ha abrazado una etapa de luminosidad. Alegría (2021), compuesto en plena pandemia, fue una declaración de principios: diez temas inéditos —más dos bonus track— que apostaban por la energía positiva como bálsamo social. El sencillo La noche de San Juan —también grabado en catalán— condensaba esa voluntad de celebrar, de resistir con una sonrisa.
Y en 2023 llegó Sonríe porque estás en la foto, su último álbum hasta la fecha. Un título que funciona como consigna, pero también como metáfora: Dalma lleva décadas congelado en las fotos de la memoria colectiva. En cada familia hay una boda, una fiesta, una noche de karaoke donde su voz está presente. Su secreto ha sido permanecer fiel a su esencia, pero sin dejar de evolucionar. Reinventarse sin renunciar. Adaptarse sin disfraz.
Después de más de 30 años de carrera, el artista de Sabadell sigue girando, sigue llenando teatros y sigue emocionando. En tiempos de velocidad y olvido, ha sabido sostener una carrera basada en la constancia, la voz y el corazón. Eurovisión fue solo un capítulo —brillante, sí—, pero no el centro del relato. Su historia se escribe con otra tinta: la de quienes sobreviven al tiempo haciendo lo que aman.
Y por cierto: Dalma es de Sabadell. Igual que el autor de este blog. Cosas de compartir ciudad, recuerdos… e instituto 😉
Bailar de lejos no es bailar
es como estar bailando solo
tu bailando en tu volcán
y a dos metros de ti
bailando yo en el polo.
Probemos una sola vez
bailar pegados como a fuego
abrazados al compás sin separar jamás
tu cuerpo de mi cuerpo.
Bailar pegados es bailar
igual que baila el mar
con los delfines
corazón con corazón
en un solo salón, dos bailarines.
Abrazadísimos los dos
acariciándonos
sintiéndonos la piel
nuestra balada va a sonar
vamos a probar, probar el arte
de volar.
Bailar pegados es bailar
Bailar pegados es bailar
es bailar.
Verás la música después
te va pidiendo un beso a gritos
y te sube por los pies
como algo que no ves
o que nunca se ha escrito.
Bailar pegados es bailar
igual que baila el mar
con los delfines
corazón con corazón
en un solo salón, dos bailarines.
Abrazadísimos los dos
acariciándonos
sintiéndonos la piel
nuestra balada va a sonar
vamos a probar, probar el arte
de volar.
Bailar pegados es bailar
Bailar pegados es bailar
es bailar.

“Bailar pegados” no fue una moda. Fue, es y será una de esas canciones que viven más allá de su tiempo. Se escucha en Chile, en Italia, en Filipinas. Ha sido traducida, versionada y reinterpretada.
No ganó Eurovisión, pero consiguió algo más importante: se quedó en la memoria emocional de millones de personas. Y con ella, Sergio Dalma trascendió al festival, consolidó una carrera honesta, sin escándalos, sin fuegos artificiales, basada en la voz, la emoción y la fidelidad a un estilo.
Como dijo él mismo en su 60.º cumpleaños: “He llorado con anuncios, con canciones, con mi hijo. Pero me siento afortunado. Bailar pegados me dio todo lo que soy.”
Y quizás, entre tanto artificio sonoro del siglo XXI, aún quede quien necesite, simplemente, volver a bailar pegados.